30 de enero de 2012

Creía ser indestructible. Tan potente, como fuerte. A sabiendas de mi fortaleza espiritual, me permitía creerlo todo. Nada podía contra mí, porque yo podría tolerarlo, fuera lo que fuese.

Pero todo cambió, un día en el que la lluvia de desplazaba, gota por gota, desde la parte superior del vidrio de la ventana, hasta la inferior, cayendo lentamente, a la deriva de la brisa helada que proporcionaba el clima deprimente.

Éste, a la par del suceso que cambió mi vida, me obligó a sentir una chispa de intuición en el pecho. Dolorosa, me anticipaba que no todo estaba tan bien como parecía. ¿De quién se trataba? Quizá de mí misma.

Y no faltó tiempo para averiguarlo, pero no me molesté en intentar enterarme de la posibilidad de que algo anduviese mal. Había un inmenso porcentaje de chances que me advertían que todo era pura creación de mi mente. Y dejé las estupideces.

Media hora más tarde, mi vida acababa de cambiar. Recibir la noticia y un segundo después intentar asumirla, no funcionó para nada.

Caí de rodillas sobre el suelo, rogando al Infierno, a Dios, el cielo... quien fuese que se hubiera llevado a mi amigo con él, que me devolviese a sus brazos. Que transformara este hecho en tan sólo una pesadilla. Me aferré con uñas y dientes al calor que emanaba su cuerpo, según lo recordaban mi mente y mi corazón. Ellos manifestaban mi dolor con un regalo de lo que solía sentir cuando estaba junto a él.

En ese preciso momento comprendí cuanto afecto le dedicaba. Jamás lo habría creído, de haberlo sabido antes. Me sentía tan incapaz de seguir respirando... Me abrumaban la soledad y el dolor que provocaba mi herida.

El pánico de sentirme absolutamente sola en el mundo me invadió, casi enteramente.

Ya no podía permanecer. No quería morir... tampoco quería vivir. Deseaba acompañarle con el dolor, a él, que se había sentido se tal forma, que no encontró otra solución que un suicidio.

Yo no quería lo mismo. Sabía que tenía que seguir viva. Pero... no podía.

Me dolí vivir con el dolor de su pérdida.