En mis cortos dieciocho años de vida, viví veranos espectaculares. No me puedo quejar. Y es por eso que me duele tanto cuando uno de ellos no cumple con mis expectativas.
Hace algunos años, me fui de viaje con dos amigas y los padres de una de ellas. No nos tocaron los mejores días de sol, y por eso pasábamos tanto tiempo encerradas con helado y películas. Algunas noches salíamos a bailar. Como éramos más chicas, nos costaba conseguir que nos dejaran pasar. Yo tenía novio, ellas no. De a ratos se iban con algún chico, y a veces no sabía dónde meterme cuando me dejaban sola. Así conocía gente con la que me quedaba hablando para hacer tiempo. De todas formas la pasaba muy bien.
Una de esas noches, salí al patio del lugar, nuevamente sola. Me apoyé contra la pared y agarré el celular de la cartera, tendencia de adolescente para momentos así. Los íconos indicaban que no tenía señal. Qué inoportuno. No me quedó otra opción que sentarme en un cantero a esperar. Fue en ese momento que se me acercó por primera vez. Me preguntó si me aburría, y yo asentí con la cabeza. Me hizo reir con cualquier estupidez, y después se puso más serio para empezar a preguntarme cosas personales. Parecía una conversación de sordomudos. "¿Querés cruzar a la playa mejor?" me preguntó, a los gritos para que lo escuchara. No me podía negar. No quería dejar de hablar con él.
Atravesamos todo el boliche, él delante mío y arrastrándome de la mano. En el camino crucé a una de las chicas y le avisé que iba a la playa, que me buscaran allá. Era una suerte que estuviera sólo a una calle de distancia. No pude evitar sacarme los zapatos altos para bajar casi corriendo por los médanos. Una vez que escapamos de todo el ruido, supe que se llamaba Hernán. Nos sentamos a metros de la orilla del mar. Faltaba un rato para que amaneciera.
Hablamos todo lo que no habíamos podido escuchar antes, con el mar como único sonido de fondo. Nos acostamos en la arena a ver el cielo, y cada tanto la conversación era interrumpida por el silencio. A veces me miraba a los ojos y me hacía ver su alma. Pero también me recordaba que había otro alma al que en ese momento pertenecía. Entonces le sacaba la mirada de encima y retomaba la charla con cualquier tema. Me gustaba cómo me hacía reir, cuán cómoda me sentía al lado suyo y lo rápido que podía saber tanto de mí. Y lo mejor es que era mutuo, y yo lo sabía bien. Me asustaba tanta atracción.
El naranja empezaba a desplazar el azul opaco del cielo, y se asomaba el primer rayo de sol. Nos sentamos a ver el amanecer sin dejar de hablar de todo un poco. El clima de tranquilidad se acercaba a su fin. Hernán me miró de una forma diferente y se acercó a mí despacio. Estaba a muy pocos centímetros de mi boca cuando lo paré, y ahí se rompió nuestra comodidad. Le dije que no podía. Que tenía novio y no quería traicionarlo. Él lo entendió.
Al día siguiente me quedé pensando en lo perfecto que había sido todo. Me desesperaba haber rozado el borde de lastimar a mi novio, la actitud que había salido de mí y no había decidido tener. Necesitaba hablar con él, sentir que nada había cambiado y confirmarme que no quería a otra persona, ni la necesitaba. Realmente tenía dudas.
Inventé excusas baratas para volverme antes de tiempo a casa. Mis amigas se enojaron. Pero yo me estabilicé gracias a esa decisión.