
Me causaba un rotundo e inestable dolor ver sus ojos, en donde un veneno infinito estaba habitando, contaminándolo. Su mirada era triste, la sostenía con piedad, pero todo su cuerpo parecia como si fuera a derrumbarse, sus ojos, en cambio, eran lastimosamente vivos, me recordaban el mar.
No podría soportar su mirada, clavada en la mía, culpable. La suya, inocente, herida.
No iba a permitirme haberle hecho daño. Sin duda, no merecía vivir.
Lastimar su corazón frágil como la porcelana.
Blanda en un principio, dura y rígida cuando pasa el tiempo.
Se va adaptando lentamente a su estado de inmovilidad absoluta.
Así sucedía con su alma. Sus sentimientos. Y era yo la única culpable de que se sintiera muerto en vida.
Pero no iba a dejarle cometer estupideces, por más que estuviese sufriendo a carne viva.
Era egoísta, pero verlo morir, cuando se trataba de ese peso en mi conciencia, no estaba en mi futuro.
No quería que sucediera y no lo iba a permitir.
Más que culpa... era dolor. No quería admitirlo, pero lo amaba
y no deseaba verlo sin vida.
Aunque, era un dolor desconocido
ácido como el limón. Me causaba un zumbido tan insoportable en los oídos, pero sabia que, si las rodillas no me fallaban, me iba a quedar de pie, sosteniendo ambas miradas para no llorar como la nena que alguna vez había sido. Me encantaría haber caído de rodillas y que alguien me contuviera, pero en ese momento, toda mi existencia se había basado en mi único amor, el que estaba recostado, muriéndo a fuego lento, resistiendo ante el dolor, ante la tentadora e injusta muerte. Resistiéndose, pero sabia que sus ojos revelaban la fuerza que su cuerpo había mantenido oculta para un momento como este. Solo por un momento, pense haber visto algún tipo de llama roja pasar por sus ojos, estaba segura, podría firmar que lo había visto: una pequeña llama ardiente como la sangre que en ese momento estaba atrancada en mi cuerpo, en mis venas, que solo queria salir hasta dejarme desangrada , dejandome vencer por el dolor, para sentir lo que él estaba viviendo.Si no hubiesen habido un par de cadenas invisibles, manteniendo mis brazos pegados a la posición en la que estaban, hubiese corrido a sus brazos, a su lecho de muerte, para hacerlo nuestro, y no sólo de su pertenencia. Pero estas inexistentes cadenas eran demasiado fuertes. Eran las barreras que jamás podría cruzar: el miedo. Me inmovilizaba, hasta el punto en que me obligaba a querer morir. En lugar de escapar, tenía que mantenerme a su lado, observándolo como una tonta. Esa muerte era injustamente una mierda. Él no merecía estar a merced de mis sentimientos, que lo habían abandonado en la propicia posibilidad de muerte indigna. Y lo peor, es que me arrepentía. Tarde, muy tarde, supe que mi amor por él jamás había muerto. De hecho, estaba allí presente, entre la distancia que nos separaba, entre nuestras miradas, llenas de miedo, culpa y arrepentimiento; estaba entre nuestros corazones, rotos por error. Y esta situación era irremediablemente inevitable.Había intentado respirar, pero puesto a que toda mi nariz, como mi cuerpo, pedían auxcilio, respirar era tan o incluso más doloroso que mis intentos fallidos de movimientos. Hasta ese momento, me había dicho, nuestro amor había logrado que seamos uno. Él era tan mío como yo era suya. No era la cantidad de vidas que habíamos pasado, ni la eternidad que nos había jurado el mismo destino que ibamos a tener. No era el arma de fuego invisible que él reposaba sobre su cabeza, con el gatillo apretado y con un rostro doloroso. De lo que trataba de hablar era, aquella herida del que mi cuerpo trataba de escapar. Pense en soluciones, pero, qué decirle a tu corazón sabiendo que estaba muerto, arrepentido y harto de tantos errores, que estaba ahi, queriendo escapar, tan cobarde como lo era yo, queriendo unirse al corazón del hombre que yacía en una cama con la linea de su vida entre las mismísimas manos, que con el más mínimo y destrozado cuchillo se podría haber cortado y romper el lazo que nos unía. Ahora no solo nuestra union estaba a la deriva de mis desiciones, sino tambien mi alma. Yo misma me ponia en peligro, al hacerlo con él. No lograba entender como nuestro largo tiempo juntos, nos había arrastrado hasta acá, y ahora nos obligaba a dar una prueba de lo que sentíamos. Era estúpido e inconsiente que se dañara, sabiendo que de esa forma me estaría hiriendo a mí de por vida. Pude sentir su calor, amanado por el oxígeno que me hacía tanta falta, y acababa de recuperar. Me había calmado un poco el hecho de que su rostro se serenara tan solo un poco al ver que sí me importaba verlo vivo, y había logrado darme aire con su paz. Era así como funcionábamos, como las piezas consecutivas de un puzzle pequeño, pero potente como para provocar furia en quien no pudiese contra él. Éramos un sistema que funcionaba a base del otro. Cada paso que dabamos, afectaba en toda una vida las acciones de cada uno. Nos hacíamos falta sin siquiera estar concientes de ello. Pero no habría sido complicado de verse, si tan sólo hubiesemos valorado nuestro amor. No habiamos dado crédito suficiente, y en esta circunstancia tan peligrosa, había descubierto que podría matarme con su suspiro si se lo propusiera.
-Deen & Barr -