
A mi lado, una bebé hermosa, me miraba curiosa.
No resistí mi impulso de tenerla entre mis brazos. Era perfecta, y el ser más hermoso en La Tierra.
La tomé entre mis manos, aún en posición horizontal, por error la golpeé contra la pared.
Pero ella no dejaba de sonreír.
Seguía mirándome, instando mis ganas de besar sus mejillas regordetas una y otra vez.
La abracé fuertemente, acunándola en mi torso.
Quería cuidarla. Quería amarla.
Porque si aquel lugar era el que yo suponía, un orfanato, sus padres habían sido crueles, con la belleza que de pronto yo sentía que amaba.
No podía soltarla. Quería que me perteneciera, para protegerla del mal.
Pero la exclamación de alguien queriendo despertarme, hizo que repentinamente y como por arte de magia, la criatura se desvaneciera.
Mis brazos, en posición de acunar a la beba, cayeron a la deriva de la gravedad.
Entre mis brazos no había nada.
Y extrañaba su lleno. Extrañaba a la bebé.
Extrañaba protegerla, y añoraba poder evitar que algo la pudiese herir.