24 de marzo de 2012

Let me be free.



Era quizás, un suicidio, el peor error de mi vida. Un torbellino de catástrofe. Pero no importaba, quería irme, al menos por unos segundos. Escapar del abismo al que ya había caído, sin intenciones de hacerlo. No quedaba remedio alguno para sanar las heridas que habían desgarrado mi pecho.

Por amor. Por culpa. Por insuficiencia. Por vacío.

Apenas podía reconocerme a mí misma. Podía buscarme en el papeleo de una inmensa base de datos, pero no existían mi nombre y apellido, ni en un registro universal. Porque me había transformado en un monstruo, una persona nueva. El proceso había sido una abstracta metamorfosis negra, lenta, impulsiva. Me quitaba el alma en un suspiro con eco en el atardecer anaranjado, detrás de ese acantilado que me arrastraría cruelmente. Tal vez a un mayor abismo que en el que me encontraba.

Eso no importaba. La decisión estaba tomada.

No había vuelta atrás, porque arrojaría lo que quedaba de mí, si aún había algo, a ese enorme agujero acuoso. Al menos ahogaría mis penas por un momento.

Las aguas negras y salvajes amenazaban a mi mente, mi cuerpo, mi corazón, mi alma, a llevárselos a un mundo donde el sol no consolaría mi tristeza. Y, a la vez, desafiaban a mi confianza a que me superara en un nuevo nivel, a casi un suicidio.

¿Por qué resistirse? Si a mi vida no podía encontrarle ya un sentido.

Ahora era un ser despreciable. Y no valoraba la única oportunidad de habitar la Tierra que había logrado poseer. Me arrepentía, pero no había nada que pudiese hacer al respecto. Nada que no fuera tirarme al pozo de agua universal.

Sí, esto definitivamente era una rendición.

La vida me había ganado la partida.

Tomé unos cuantos pasos de carrera, antes de saltar a las aguas descontroladas. El viento me zarandeó violentamente. Cada vez me acercaba más a la superficie se la negrura a la que ya me había arriesgado. Pero no me asustaba.

Esta había sido mi elección.