-Él es taaaaan lindo...- suspiró la admiración.
-Pero es imposible- se lamentó el pesimismo.
-¡No seas tan negativo!- le replicó el optimismo.
-Pero tiene una novia- recordó la tristeza.
-Además, que él la mire no significa que le guste- soltó la amargura.
-¡¿Tenés que matar a las esperanzas siempre?!- sermoneó la furia.
-Ya basta de discutir- les ordenó la madurez, que no tenía poder sobre todo lo demás. Tal vez sólo un poco.
-¿Y quién dice que él es inalcanzable?- animó la esperanza.
-Su novia, quizá- lamentó el dolor.
-Mejor andate. Siempre hacés que ella llore- dijo la sabiduría.
-Bueno, concéntrense. Ella necesita saber lo que tiene que hacer, ¿no?- preguntó la duda.
-Que espere a que él venga y se le declare. No debe faltar mucho para eso- sugirió el orgullo.
-¡Estás loco! ¿La vas a hacer esperar tanto? No digo que él no la vea, pero tal vez ni tuvo la idea de dejar de salir con la otra, digo, su novia- recordó el realismo.
-Si ella no lo intenta...- comentó la decisión.
-¡Já! Eso lo dicen porque no tienen idea de lo difícil que es acercarse a él- desafió la timidez.
-¡Decímelo a mí!- exclamó la admiración.
-¡Y a mí! ¿Qué tal si él la rechaza?- cuestionó la consciencia.
-¡Bueno, basta!- gritó la diplomacia.- Así no se puede discutir. Están todos dispersos. Hay que tomar una decisión.
-No tengo todo el día... busquen la forma de organizarse- ordenó ésta.
-¿Y si mejor decido yo?- preguntó el amor, que se mantenía excluido de la conversación hasta el momento.- ¿Qué mejor paso que dar, que uno decidido por el corazón?
Y como en tantas otras ocasiones, los demás no tenían nada mejor que decir. Ni siquiera la sabiduría.