23 de mayo de 2012

Arriesgarse a sentir. Una y otra vez. Al menos hasta dejar de fallar.



El sol penetraba la ventana, descomponiéndose en mil

destellos dorados repartidos hacia todas las direcciones

posibles. Una lágrima en su mejilla brillaba con la luz

natural del exterior, producto de una herida profunda

que había quebrado la pobre ilusión que se había

construido involuntariamente. Para ella estaba claro

que el único resultado de esperanza que nunca había

querido crear sería ese, y tenía razón. Permanecía a

consciencia desde hacía un tiempo atrás, del dolor que

significaría arriesgarse a sentir, una vez más. Al menos

su mente lo estaba . Pero su corazón no parecía ser

coherente respecto a ello.