4 de agosto de 2012


Estaba sentado en el desván de mi cuarto de estudios donde proyectaba toda mi vida futura, por más mínimo que sea el detalle no podía faltarle a mis próximos años. Era Domingo, ya era muy tarde cuando me llego un pequeño pero muy alertador mensaje de mi representante


“Algo importante sucedió. Tenemos que hablar, mañana temprano en tu oficina.”


Me dormí despreocupado, pensando que iba a afectarme poco; me acosté junto a mi hermosa mujer, una de las más deseadas de este planeta. No podía dejar de mirarla, nadie padecía la belleza que ella tenia. Entonces, con mis manos envolviendo su cintura, me quedé dormido.
Unas horas más tarde sonaba mi despertador como de costumbre, 7.20. Me levanté, me puse ropa e intercambié con Kristen palabras de cuánto la amaba; recibí de su parte un par de besos que confirmaban que ella sentía lo mismo y el fuego seguía ardiendo para los dos. Al pasar por el living toquetée 3 teclas del piano y sonreí. Tenia todo lo que un hombre podía pedir. Así salí de casa.

Llegué a mi oficina y Henry -mi representante- me dijo que me sentara, esa habitación era tan aburrida.. Las paredes marrones y el piso de un color oscuro apagado, olía a café. Decidí por fin respirar y enfrentar lo que venia. Fue entonces cuando...


¡Ring!


El pitido insoportable de algo en la habitación terminó por completo con el suspenso que inundaba mi mente. Tantas preguntas surgían ante la intriga, que no supe cómo reaccionar frente a ese llamado telefónico que acababa de recibir Henry. Parecía una película.
-Disculpa- susurró él, impaciente, mientras respondía al teléfono.
-Tenía que ser justo ahora- mascullé, furioso.
-Henry Parks, ¿quién habla?
Era insoportablemente cansador el panorama de la oscuridad del ambiente. Mis ojos pesaban y se deslizaban hacia abajo, incluso sin apetito de sueño. Necesitaba un poco de luz. Caminé hacia el interruptor en la pared de la oficina y encendí la luz.
Para regresar a mi silla giré sobre mi cuerpo, pero no pude ignorar la curiosa imagen de portada de la revista que posaba sobre aquel mueble de roble, o mejor dicho la sorpresa que me causaba encontrarme con una de esas basuras llenas de mentiras que hablaban sobre nosotros. Querían arruinar la plena felicidad que poseíamos juntos, creían que podían hacerlo con ese estúpido titular. ¿Cuántos rumores falsos podían encontrarse en uno de esos manojos de hojas coloridas, atractivas, atrayentes y polémicas que malditamente se proponían a inventar todos esos escritores hipócritas?

Pero había una pregunta en lo más profundo de toda mi conciencia que irrumpía en medio de todos mis pensamientos acerca de las revistas en general. Era una de esas dudas existenciales sin respuesta, imposibles de razonar sin averiguarlo con un acto de curiosidad. Hubiese preguntado a mi representante porqué había una de esas pilas de hojas con mentiras impresas en la oficina, porque sí, era algo fuera de lo normal. Sin embargo, la última vez que había sucedido todo se trataba de un gran problema.

Y eso no hacía más que sumarme el grado de preocupación.

Algo, un extraño impulso, me empujó a comprobar que no había nada a lo que tendría que temerle. La revista me declaraba un imbécil al que habían sido infiel. 


"tranquilo" me supliqué en silencio. Mi corazón latía más rápido y fuerte de lo normal, como avisándome que algo andaba mal.


No tenía un objetivo claro, uno que voluntariamente necesitase cumplir. Era el solo hecho de que mis manos tomaron el objeto y buscaron la página que indicaba el texto que hablaba sobre nosotros, aquella persona que me hacía sonreír cada mañana, cada noche, y yo.

No sentía que fuera útil, sin embargo no logré articular un pensamiento coherente, todo sucedió muy rápido.

En un principio, todo era una simple mentira, un rumor, palabras y más palabras engañosas, tramposas, hirientes para un ingenuo. Insignificantes para mí. Pero fue entonces como en la siguiente página se aparecieron ante mis ojos las pruebas de algo que no tenía que haber visto jamás.

Algo dentro de mí se rompió como un cristal estrellado con estruendo contra algo duro, fuerte.

Un segundo bastó para sentir el ardor, la temperatura a fuego en mi rostro. Mi mente se llenó de blasfemias dedicadas a mi frágil corazón por haber sido ciego, estúpido. Por haber sido un ingenuo más entre todas las personas que creían que este amor sería un "felices para siempre". Me sentía destrozado y tardé solo 5 minutos en comprender lo que todos sabían menos yo.

Mi primer impulso fue romper todo lo que ocupaba espacio en aquella oficina, y con la misma rapidez que se presento, se esfumó. El segundo fue salir corriendo, y a este le dí el control completo de mi cuerpo ya que ni la razón misma comprendía nada y, a la vez, comprendía todo.

Me dolía la cabeza, la frente, mi pecho ardía y yo solo quería gritar, ¿qué estaba pasando? Ante mis ojos sucedió. La mujer que me perteneció tanto tiempo tenía otro hombre.

Nada podría convencerme ni esconderme esta realidad. Hasta yo mismo en ese momento temí de mí. Caminaba a pasos apurados con la mente volando y los ojos llorosos. Me repiqueteaban los pies y cualquier cosa me distraía.

No podía entenderlo todo, mi corazón devastado pedía a gritos un bar, al cual pocos minutos después acudí. Me senté y pedí una burbujeante Stella Artois, esto y lo otro y sólo quería sangrar gota a gota el veneno de este amor.

No debía ni quería de ninguna manera volver a la casa de la mujer que me había engañado, que sin importarle nuestro amor, me había engañado. Sin importarle mi dolor. Y llegado al caso de que esas fotos no fueran publicadas, y el juego entre Rupert y ella hubiera salido oculto tal como deseaban, ¿me lo hubiera escondido? Y fue cuando noté que lo habrían hecho sin piedad.

Me quedé en un callejón con el alma en la boca. Era como la historia de la Cenicienta. Todo su cuento de hadas, todo lo que había soñado por años se había derrumbado ante sus propios ojos al llegar las doce. Ella había vuelto a su carroza, con toda su magia perdida, con su corazón apagado. Felicidad momentánea.
Y mi cabeza empecinada en gritar sólo sabía reiterar la frase ''lights will guide you home'' una y otra y otra vez. Me costaba tanto comprenderlo...

Mi corazón en manos de una bruja. ¿Cómo podía no haberlo visto? Era la ceguera que me provocaban sus ojos, que siempre me habían resultado hechizantes, en una manera por completo hipnotizantemente hermosa. Ahora era la mirada de una traidora que poseía aún mi corazón, pero ahora hecho pedazos. ¿Cómo y cuando había sucedido? ¿Por qué había dejado de amarme? ¿Cuál había sido mi vil pecado? ¿Y qué si nada había sido real nunca? Quizá todo se había tratado de una estúpida mentira. Una creación maestra de una mente que no podía apreciar el amor de un loco, un demente. Un ciego.
Un estúpido.

Estaba sufriendo de un ataque psicótico, y empecé a caminar, a trotar, por calles sin rumbo esperando que algo sin razón me quitara la vida porque a lo largo de esta había entendido que el corazón muere cuando late sin una razón y en este momento yo no tenía más razones para seguir de pie. Mi sonrisa que había iluminado a tantas muchachas, en este momento estaba seguro de que no provocaba nada en nadie. Sabía que detrás de mi a tan solo unas cuadras se encontraban los periodistas, dispuestos a hacerme sentir peor de lo que estaba, que era casi imposible. Y algo, no sé bien qué, me guío hasta una pequeña pero cálida y acogedora plaza de las calles de Londres. Todavía mareado me fijé en la hora: casi las 3 de la mañana de un jueves; estaba seguro de que esto era malo pero me sentía completamente invisible y la seguridad que me causo dicha invisibilidad que hizo que pueda llorar durante horas en un sitio de paz. Al cabo de un tiempo reconocí ese lugar como parte de mi infancia, ¿pero qué importaba ya? Todos mis sueños guardados en un cajón lloraban conmigo y no había nadie cerca para juntar los peldaños de mi alma.

Me levanté como un hombre, triunfante, coloque anteojos en mis ojos para que nadie notara ningún cambio en mi humor. En ese barrio de Londres sabía que no había que ttener careta, nadie iba a pedirme un autógrafo ni una foto, nadie iba a querer matarme lamentablemente.

Volví a caminar por una calle olorosa en busca de esperanza. Cinco de la mañana y volví a casa, tenia que hablar con Kristen.

No tenía noción de las reacciones que debía presentarle. Ni siquiera podía creer que todo esto se tratara de la cruda realidad y no de una pesadilla de la que despertaría de un segundo a otro y el rostro de mi ángel calmaría mi dolor.

No se trataba de la ficción que estaba acostumbrado a protagonizar, ni yo era un personaje. Por primera vez, la actuación formaba parte de mis sentimientos. Muchas veces había disfrazado a mi persona de alguien que quizá no existía, y esta vez era todo lo contrario. Todas aquellas historias de dolor no eran ni la mitad de exagerados que el dolor de mi alma.

No entendía porqué no estaba odiándola, ella me había traicionado. Aún cuando me había entregado en cuerpo y alma a sus manos, a su amor que aún no descubría sin identidad. ¿Cómo podía confiar en que seríamos para siempre? Apostaba tanto a una historia con final feliz; creía en todas esas películas con conflictos y desenlaces. No había un rincón de todo mi ser que no contuviese todavía esa pizca de esperanza. A pesar de nunca haberme sentido tan real, cabía la ilusión en mí de que todo fuese una pesadilla, un producto de mi imaginación. Fuera lo que fuese, aún no tenía furia. Sí conmigo mismo, por haber actuado como un ingenuo, una víctima de su ego. Pero incluso así, seguía amándola con cada partícula de mi ser.

El mundo no conspiró a mi favor y la lluvia caía mientras yo, moribundo y sin dinero, decidí caminar casi 30 cuadras a mi hogar. Hogar… Hogar es donde el corazón está. Y mi corazón, ¿dónde se encontraba? Igual de moribundo que yo, mi estado era deprimente. Yo sólo quería mi piano y mi guitarra, dos hojas y un lápiz. Eso bastaba para calmar mi sed de algo parecido a venganza. Quería odiarla, pero era más fuerte que yo.

Y algo en el centro de mi pecho, algo latente me indicaba que caminara porque esta guerra era imperdonable.

Fue entonces cuando encontré el cartel de East London, doblé a la derecha y una mansión encerrada por rejas y hombres de trajes me incitó a caminar. Les sonreí a ambos y entré; recorrí todo el patio como un día cualquiera, subí escaleras y me maree al reconocer mi lecho, mi habitación, la que junto a Kristen habíamos hecho nuestra. No constaba de cosas caras, tenia un ventanal muy grande y cartas, grullas, canciones, fotos, momentos, postales, frases, paquetes de skittles, cigarrillos besados; m&m's colocados como marco de cuadros, toda una habitación llena de momentos que ya no parecían míos, hasta me resultaba extraño lo incómodo que me sentí allí dentro.

Todos esos momentos me llevaban al fondo de una habitación gigante donde dormía una mujer, Kristen. Kristen James Stewart, con quien yo estaba comprometido. Esa mujer que había destrozado mi vida estaba, otra vez, interrumpiendo mis pensamientos.

Permanecí por largos minutos de pie, como un zombie. Cualquiera hubiese dicho que debía darme igual, que fumara uno de esos cigarros que no están compuestos por tabaco sino por algo mucho más fuerte y que el dolor acabaría, que esta mujer era igual a todas y yo, siendo quien era y en la posición que estaba, tenía cosas mejores para disfrutar.

No obstante, eso me era indiferente. No me importaban las palabras de alguien que no fuese ella. Quería suplicarle que volviese a amarme, que no soltara mi mano jamás. Sentía un pesar inmenso, una culpa que inundaba todo mi ser aunque no tuviese que ser así. Culpa por no haber sido lo que deseaba ella. Para mí lo era todo, y yo para esa mujer no era más que un hombre más en su vida.

¿Por qué me mentía? Se alimentaba de mi dolor, de mi sufrimiento. Podía imaginarla riendo ante mi rostro de hombre destrozado. Pero, ¿qué más podía pensar? Me había transformado de pronto en una persona sin alma, sin sentimientos, sin reconocimiento de nada. Era un demente, un loco despavorido, desesperado por que me amase; quería escuchar de sus labios que me amaba, aunque fuese una torpe mentira, un engaño cruel, lo necesitaba. Era droga su embrollo aunque fuera todo una gran traición, de ella me había fortalecido por tanto tiempo y francamente, no estaba para nada listo para dejarla ir. Se escapaba entre mis manos como el viento. Todo lo que quedaba de su imagen era el sonido de sus palabras embusteras que me robaban tantas sonrisas. Tanta falsedad irrumpía por completo en mi corazón. Se agrietaba con un recuerdo de centésimos.

¿Era digno de tanto? Vivía columpiado por la cordura que escaseaba en mi mundo, un nuevo planeta que surgía de un llanto salado.

Karma, karma, karma. Karma's bitch. Karma esto, karma lo otro, karma, karma, karma; el karma era una ley de vida que indicaba que todo volvía. Yo jamás podría ser tan vil y desconsiderado de lastimar a una mujer que me amo con pasión y locura. ¿Pero esto era una enseñanza? Yo no quería más nada. Ni amor, ni chocolates, no más flores ni dulzura, no más 'hacer el amor', por los próximos años, sólo tendría sexo. Y uno y otro pensamiento, y amor y dolor y vértigo porque mi cama sabía, mi cuerpo también, que iba a extrañarla.

Me senté en medio de la oscuridad a pasar las yemas de mis manos suavemente por su cabello sedoso, porque sabía que eso le gustaba mucho. Las lágrimas manaban, un respiro fuerte y le susurre 'te amo'. Sabía que era la última vez que podía decírselo sin culpa, sin resentimiento.
Se movió y despacito abrió sus ojos que impactaron a los míos,  enamorándolos una vez más.

No iba a ser fácil, pero me sonrío y mi alma partida cedió en su beso que calló todos mis lamentos. Los próximos segundos estábamos compartiendo una cama; primero descoloque mi camisa, mis pantalones, y lo demás se baso en una felicidad que no creí sentir nunca más en la vida. Yo realmente estaba perdido, perdido en ella.

Y en cinco minutos de infierno, toqué el cielo con las manos.

Prendí un cigarrillo y me senté al borde de la cama.

-Tenemos que hablar- susurré.


El dolor de un amor perdido.
Den y Bar.