Allá, en la cuadra de enfrente, estaba él. Jugaba, jodía, con sus amigos. Le dieron cosquillas en la panza.
Apenas notó que él estaba ahí, respirando su mismo aire, susurró su nombre en un suspenso exageradamente dramático.
Él la vio, a pocos metros de sí, e intentó disimular, pero su expresión lo delató por completo: la miraba y no despegaba su vista de ella. Parecía inundarse de paz con su rostro, y ella de indecisión con su presencia.
Entonces, ella descubrió la pureza de los momentos que habían vivido juntos, lejanos, bonitos, viejos y repletos de polvo, pocos, pero auténticos y únicos.
Él dejó de estar ciego. El aura de la niña, ya similar a una mujer en su personalidad, desplegaba esa paz que él anhelaba; estaba descubriéndola, notando que finalmente era ella la elegida, diferente a todas las demás. Se lo conocía como el chico de las mil y una, y sin embargo, parecía que ella había cambiado algo en su interior.
Era el día en que ambos sabrían que algo diferente estaba sucediendo.
