10 de junio de 2013




Cada paso que das se siente como un nuevo fracaso. El viento despeina un cabello irreparable. Tu rostro es dolorosamente aceptado por una personalidad que no sabe aceptarse a sí misma, aunque intente aparentarlo. Las miradas te intimidan, y pensás que lo único que hacen es juzgarte para mal. Criticarte. Destrozarte. Y, con sólo oír una de esas palabras destructivas, todo el enorme muro construido contra este eterno malestar puede derrumbarse en cuestión de segundos.

Y de pronto, todo este trabajo que llevás haciendo hace tanto tiempo empieza a dar frutos.

Ahí es donde ves el gran cambio. En todas aquellas actitudes que pasan de hacerte sentir insulsa a inculcarte un espíritu de vida extremo.
Pasás de sentirte invisible a dar cada paso como una diosa a la que no le importan las opiniones, que es una persona fuerte y lista para levantar ese dedo mayor al mundo cada vez que a alguien se le pase por la cabeza la idea de siquiera pensar en que sos una persona más en el mundo.

NO LO SOS.

Todos te ven caminar, todos te respetan, y toda esta grandeza interior no significa que tu corazón deje de ser puro.
Pero sí dejar de escuchar, y sólo prestar atención al optimismo interno.

Ahora, VIVÍ, SENTÍ, EXPERIMENTÁ, REÍ Y SONREÍ SIN IMPORTAR A COSTA DE QUÉ.

Simplemente hacelo.