26 de octubre de 2013

Siempre que necesité ahogar mis sentimientos, me embargué de arte. Arte, arte, y más arte. Música, literatura o cine. Quizá porque el verdadero final feliz no existe más que sólo en el arte.
¿Y por qué querría un final feliz? Tal vez porque, en él, la perfección se ve desde cada ángulo, y no hay un sólo detalle a mejorar.
Porque no me basta con lo poco y miserable que conforma mi vida, porque, a veces, harta saber que soy invisible casi todo el tiempo y necesito olvidar quién soy frente al disgusto de serlo.