La embarcación se va tambaleando en aguas salvajes, feroces. Amenazan con ahogarla y extinguirla en las profundidades. Todo aquello que alguna vez hubiese prometido seguridad... se vuelve inútil. Las tormentas son inoportunas y no advierten antes de atacar. Así está sucedienco, y por ello los recursos para defender el barco rompen sus compromisos de no ser vencidos ni dejarlos atacar la construcción. Claramente, si hay una próxima vez no debería dársele a otro vehículo acuático una confianza tan ciega, pues sólo acecharía el peligro. Uno nunca sabe cuándo lloverá con furia asesina.
Y así, las palabras se humedecen. Se borronean. Se diluyen. El papel se va deshaciendo y se consume hasta volverse pobres trozos de un pasado azul. Entonces, el barquito de papel es arrastrado con fuerza hasta tocar el fondo. Sí, la tormenta se lleva el amor y las promesas.