Dos príncipes peleaban por la doncella. Uno quería darle todo su reino, incluyendo una corona. El otro deseaba obsequiarle una ciudad que gobernar. Chocaron sus filosas espadas, siempre cerca de lastimar al otro, pero nunca rozando la posibilidad. Sobre un muro de piedra angosto en medio de un inmenso mar salvaje, se deleitaban con sus talentosos movimientos de muñeca, tanteando el suelo para no morir ahogados. Sabían que sólo habría un ganador. Sólo uno de ellos sería merecedor de la princesa, el otro moriría devastado por el oleaje de aguas negras.
Y de pronto...
¡La espada obligó a uno de ellos a caer!
Se hundió en las profundidades.
El triunfador regresó al castillo, a buscar a su nueva esposa.
Juan cayó a la pileta y se empapó la ropa. Joaquín dejó el palo de la escoba tirado en el piso y corrió a su habitación en busca de la última galletita.