Desde esos primeros meses, me susurrabas que querías una vida conmigo. En mi cabeza no cabía algo tan inmenso. ¿Una vida entera? Te creía un loco, tu delirio era sólo un pedazo de fantasía. Con el tiempo, me compraste con tus ojitos y todos los sacrificios, todas esas actitudes tan de cuento. Desde siempre supe que si te necesitaba, serías el primero en aparecer para ayudarme, mucho antes del amor de verdad, mucho antes del primer beso. Así me confundiste, haciéndome creer que todos mis caprichos eran tu único objetivo. Entonces, me adueñé de vos. Me enamoraste. Me contaste miles de veces esas historias que imaginabas de nosotros juntos infinitamente. Lo hiciste tan bien que empecé a creérmelo todo. Crecimos juntos, llenos de esperanzas y sueños.
La tormenta no tardó en llegar. Faltaba la primavera nada más para terminar el primer ciclo, pero ni eso alcanzamos. Lo que sea te llevó a lastimarme. No importa, yo a veces me convenzo de creerte porque es así como deseo que sean las cosas. Sólo rezo por que hayan sucedido como lo decís. Desde ese día estoy llena de miedos, de terror, porque cuando quise alejarme por tu error no pude. Ni siquiera lo intenté, me bastó con el derrumbe del mundo a mis pies para entenderlo: no podía, quizás sólo no quería estar sin vos. No me permitía la simple idea de dejarte ir. No sé qué hubiese pasado si nunca me hubiera dado la posibilidad de perdonarte.
Hoy por hoy todavía no me compran con esa frase, "todos merecemos una segunda oportunidad". Entiendo que aprendiste, entiendo que tu plan es no volver a cometer este dolor. Ojalá yo comprenda la frase sin tener que pasar por lo que viviste vos, por la culpa, el dolor, el miedo a perder. Quizás una tentación que aún todavía ignoro de tu parte.