1 de febrero de 2015

La celda tiene un nombre, y se llama realidad.

Hay de esos golpes que pegan tan fuerte, que desorientan. Una bofetada tan brutal puede ser superada con esfuerzo, pero en mi opinión hay personas más propensas que otras a seguir sufriendo aunque el tiempo siga avanzando. Yo, por ejemplo. Soy esa persona que tiene tres buenas noticias, una mala, y sólo se queda con ésta última. Suelo ver el mundo sin colores, no sé por qué. Por eso, uno de los deseos que pedí antes de soplar las velitas hace unos días fue ser más optimista. Yo misma reconozco que si me encuentro estancada por alguna situación, es por mi personalidad.
Quizás no se trate de ser negativa. Tal vez, por el contrario, se trate sobre haber sido siempre desde el principio la narradora de un infinito y ficticio cuento acerca de la vida, en el que nada es imperfecto. Al llevarme una desilusión, me hundo. A veces me agarra una sensación de ahogo. Me pongo a pensar en todas las cosas que me lastimaron y no sé cómo repararme.

En el último año, perdí amistades que creía únicas, las cuales no tuvieron interés en mí cuando lo esperé. También la persona de la que estaba compuesta todo mi mundo, la primera del amor, me fue infiel. Eso me dejó devastada. En casa, sufrí mucha angustia en aquellas ocasiones en que mi familia tuvo discusiones fuertes. No era para nada inocente, al menos no para mí. Insultos, violencia verbal y física, gritos y enemistades. Me siento herida hace tiempo y busco constantemente refugiarme en un estúpido "todo estará bien" que nunca se vuelve realidad. Intento mejorar, me trato a mí misma como mi propia paciente, pero nada sirve. Ya se cumplirían cinco meses desde que perdí la verdadera sonrisa que llevaba en la cara. No puedo crecer. No puedo olvidar, superar, perdonar. No puedo entender. Cada intento de salir adelante es inútil. Pido cada día poder al menos aceptar las cosas como son, sin exigir que todo sea perfecto. Sin embargo, me siento como si alguien me hubiera encerrado a la fuerza en un calabozo del que no hay escapatoria.

La celda tiene un nombre, y se llama realidad.