De pronto, me surgió esta pregunta:
¿Por qué odiamos el final?
Una historia comienza siendo placentera... Ofrece una sensación mágica y, sobre todo, nueva. Nos hace sentir acompañados, incluidos y adentrados. Como si fuéramos parte de ella. De repente, queremos serlo. De a poco, avanzamos, y sin querer nos vamos aferrando cada vez más al asunto. Sin darnos cuenta, estamos abrazándolo con todas nuestras fuerzas. No queremos dejarlo ir.
La historia se sigue narrando, y cuando deja de ser una novedad, se vuelve una rutina. Repentinamente, no tiene el mismo brillo del principio. Uno tiene que recordar los motivos por los que comenzó todo. Todos debemos buscar esa pizca de especialidad en cada momento de la trama, porque no pierde su esencia, aunque el tiempo la vaya degradando lentamente.
La historia puede volverse insoportable. Quizás por los infinitos nudos. Tal vez por la ansiedad de saber lo que vendrá después. Quién sabe. Cualquier motivo puede contribuir a que de alguna manera estemos dudando de terminar con ella.
Pero, si en verdad nos conectamos... entonces no somos capaces de poner punto final. Nos ATERRA ese cambio rotundo. Nos borronea los planes, las ilusiones, lo previsto. Y si llegamos al final, damos otro paso atrás, porque en verdad no queremos ir hacia adelante.
¿Por qué odiamos el final? Porque no queremos dejarlo ir.
Sólo hay que saber decidir si en verdad vale la pena acabar, o si debemos seguir luchando.