Hoy entendí muchas cosas. Quizás no es lo más oportuno considerar a una persona en quien confié antes de ser defraudada tan primordial en mi círculo. Mucho menos que sea un mejor amigo, se sienta como un hermano y amarlo como el amor de mi vida. Sin embargo, la misma persona que se arrepiente de haberme lastimado me pide a gritos que luche, que pelee contra todas esas angustias que me invaden. Me exige que no decaiga, que siga adelante, que no puedo dejarme sobrepasar.
En el momento, me quedé perpleja. No esperaba recibir el mejor de los consejos del productor del peor de los dolores. La vida es irónica.
En fin, tal vez no seguí la sugerencia de inmediato. Pero me bastaron unos días para ponerlo en práctica, y entonces pude darme cuenta de que había incorporado todas esas palabras exigentes a mi corazón.
Entonces, rugí.
Rugí como nunca antes.
Rugí cantando.