El cansancio pesa sobre mis párpados. Quiero llegar a casa y descansar. Frente a mí viaja un hombre con su guitarra enfundada y un largo sobretodo. Ya hace calor para llevar esa cosa puesta, pienso. Lo miro, tan maduro y fuerte, y pienso en el amor. Me corrijo porque temo que mi vida gire en torno a eso y mi mente cree ficciones románticas en cualquier momento y lugar. Eso es volar demasiado alto.
Por suerte llego a mi estación y me bajo del tren. Camino por los túneles y paso cerca de una escalera donde un chico espera a alguien. Entonces lo imagino a él, buscándome, sabiendo dónde y en qué horario encontrarme. Proyecto cómo me reconoce de espaldas y corre tras de mí. Veo el reflejo de mis piernas en el vidrio de la baranda. Recuerdo que me las halagaba y ligo eso a la fantasía de que podría encontrarme fácilmente si me observa. En la escalera mecánica oigo al violinista apasionarse un piso abajo. Mientras bajo, alguien sube y me clava su mirada. Se la devuelvo por instinto. Quién sabe qué sucedede en la cabeza dueña de esa larga barba. Quizás comparte mi creatividad de novela. Pienso en el amor. Pienso en que algún día alguien así me corresponderá. Nos desencontramos porque así lo quieren sus pies apresurados y los míos entregados al escalón mecánico.
Llego al nivel del violinista. Una mamá y su hijita de detienen a observarlo. Él mira a la chiquita animado, dedicándole su feliz música. Ella se intimida y se esconde detrás de las piernas de su madre. Sonrío y sigo adelante.
Al bajar las escaleras me siento sobre el suelo a esperar el siguiente tren. Del lado de enfrente hay dos oficiales. Pienso en él. Pienso en que siempre lo busco debajo de esos trajes negros y chalecos fluorecentes. Pienso en el masoquismo de recordarlo. Pienso en el riesgo de la falsa esperanza de volver en un futuro, cuando cambiemos para bien, siendo una ilusa al ignorar que también toda ventaja trae un rasgo negativo. Nunca funcionará, me repito en mi cabeza, sin dejar de aceptar cuánto lo quiero a pesar de todo. Sin negarme que no dejará de ser parte de mi historia.
Lo hecho, hecho está.
Suspiro y me digo que soy feliz.