27 de enero de 2012

Mi inmadurez


Un auto aislamiento de mis recuerdos era lo que menos necesitaría, partiendo desde el momento en que se marchó del mundo, para ascender, y finalizando quien sabe cuando. Mi memoria permanecía cubierta por el montón de telarañas, que probaban que estaba intacta. Yo no revolvía el pasado. Simplemente vivía el presente. Porque mi alma era joven y activa. No tenía problemas ni preocupaciones. No veía la gravedad de una situación, excepto que se tratara de mis preciados juguetes. Mi corazón joven no podía comprender la mayoría de los hechos que sucedían a mi alrededor. En aquel momento no sabía valorar, y tampoco podía aceptar que otros tuviesen la razón. Y por todo eso, cuando él me dejó, nada cambió demasiado. Es que no podía entenderlo. Por alguna razón, mis lágrimas caían, rozando mis mejillas en el trayecto. Saladas, se detenían en mis labios. Las probaba, y no podía encontrar su sabor. Tenían un gusto doloroso, pero eso tampoco lo entendía. Sabía que lloraba porque se había ido. ¿Pero que sentía? Nada. Todo lo que podía respirar en mi oxígeno personal era normalidad. Percibía el vacío que lograba enmarcar su ausencia, pero nada había cambiado. Mi llanto se multiplicaba, pero era más un hábito que cualquier tipo de sentimiento triste. Debería haber llorado por extrañarlo, por quererlo... pero no sabía porqué lo amaba tanto. ¿Qué había hecho para que le tuviese tanto afecto? De verdad intentaba encontrar una mínima respuesta al gran montón de preguntas que formulaba mi corazón vacío. Por primera vez, recorría mis recuerdos, mis tesoros mejor guardados. Pero no los encontraba. Sólo podía percibir un color neutro. Negro, borroso. Lejano. Extender mis brazos para alcanzar verlo mejor era inútil. Distancia, incomprensión, inmadurez, impercepción y vacío, me impedían llegan a notar al menos una de las cosas que había vivido junto a él.

Pero lo que más dolía nunca fue su pérdida, sino el desgarro de ser incapaz de comprender las cosas como alguien mayor.

Por ser una niña.