Lo
que esperaba era encontrar a aquella persona especial, que fuera el
clavel entre mil margaritas. Suave, perfecta. Alguien que pudiese
llevarlo más allá de la superficie. Al cielo, a las nubes. Que cada
beso fuera como el calor en medio de la nieve, que cada mirada fuera
un día más de vida para la enfermedad terminal dolorosa que se
posee en el fondo de todo. Y, de pronto, se encontró con el par de
lagunas turquesas que engancharon su existencia a la suya para
siempre.