Querido
León, ángel recién concebido. Tus sonrisas y tus miradas, que
enamoraban a cualquiera que te admirara, siguen ahí, pegadas a tu
rostro. Sé que estás allá, al lado del grande, cuidando a tu
familia desde el cielo. Confío plenamente en que tu llegada, tu paso
por la Tierra, no fue más que una gran santificaión, una bendición,
para hacer abrir los ojos a tanta gente ciega ante estupideces. Estoy
segura de que valorar la vida será cosa de todos los días a partir
de ahora y no tiene porqué ser de otra forma. Gracias por estar en
el firmamento, mirando.
