Estaba preparada
para volver a nacer. No importaba el precio que tendría que pagar
por volver a estar en sus brazos, lo haría. La vida se me había
escurrido como agua entre mis manos por un error que jamás tuve que
cometer, sin embargo el destino conduce esos hechos inevitables o
simple e irremediablemente cronometrados, sin nada que hacer para
evitarlos. Es lo que otro decide que va a suceder y más allá, no
tenemos control de nuestro propio final. Por eso estaba aquí, de pie
junto a una extraña clase de pozo chupa-almas que me enviaría,
según lo calculado, a la reencarnación. A través de ella volvería
a ser alguien. No sólo estaría a su lado, junto a la hija cuya mano
sin desearlo pude soltar, sino que también sentiría otra vez.
Podría respirar, olfatear, degustar... La maravilla de tener el
corazón latiente, pase lo que pase. Y si de esa forma recuperaría
lo que algo me había arrebatado, ¿por qué no arriesgarse? El único
problema iba a ser la memoria, esos recuerdos imborrables que de
pronto de marcharían de mi cabeza. Todo conocimiento, mi absoluta
identidad.
Me lancé dentro
de aquel agujero negro, abismo sin retorno que me invitaba a saborear
una nueva existencia. Aquella que, para lograr conseguir, haría
falta viajar durante nueve meses, traspasando los muros de una
realidad lógica... hasta introducir mi alma en el cuerpo de un nuevo
ser, puro por haber llegado apenas, impuro por haber sido concebido
de dos pecadores. No hay desventajas: era un regreso al planeta
Tierra.
