Hice promesas con tal de que las cosas salieran como lo deseaba. Entonces, le confié a Dios mi destino. Después, descubrí que no me había ayudado, y me sentí traicionada.
Metí en mi cabeza la idea de que quizás él no era responsable de lo que tuviese que sucedernos a nosotros. Tal vez, era algo llamado destino. Quizás, simplemente la vida decidió separarme de lo que sea que intentaba cumplir.
Ahora creo que aún hay esperanzas, pero sé que al final todo terminará mal, pues para el amor no hay remedio.
