14 de diciembre de 2014

Mi inmortal

Me vestí apurada por si acaso, aunque tuve tiempo de sobra. En algunos momentos me sentía amargada por los nervios. Notaba mi silencio, inusual, pero también que mi auto consumición probablemente me provocaría fallas y temblores en la voz. Quería prohibírmelos, y esperaba lograrlo.
Observaba mi imagen al espejo. No quería salir fea en el video, era lo primordial.  colocar el cabello, cómo caminar para no tropezar con el extenso vestido, cómo pararme, con qué señas interpretar la canción, de manera que, a pesar de estar en otro idioma, se entendiese el mensaje, y para no provocar estática en lo visual.
Entonces llegó el momento. Las luces se apagaron y las personas se acomodaron para empujar el piano hasta el escenario. Las coristas me siguieron al ingresar. El pulso me temblaba mientras avanzaba con el vestido levantado para no llevarlo por delante. Me posicioné en medio del lugar y la oscuridad. Levanté la vista. Las luces se encendieron; intentaba encontrar a mi familia y amigos entre el público, sin embargo no lo lograba. Ningún rostro se veía claramente más allá de los focos que me iluminaban el rostro.
La pianista inició con una melodía triste, guiándome en cada compás hacia el primer susurro tímido que llegó segundos después. Las dos primeras frases salieron filtradas de entre mis labios. Me comprimí, intimidada por el silencio, el juez.
Pero algo en mí cambió en ese momento. Tomé la decisión de adueñarme del escenario y disfrutar cada sonido. Fue así que me disfracé del personaje. Mis manos bailaban en el aire repleto de musica suave y melodiosa. Dibujé con ellas un rostro y tomé la mano de aquel que había abandonado la vida y se había alejado. Mostré a los ocupantes de las butacas el dolor, extraje el color de una sonrisa y lo volví gris para tocar el corazón de los espectadores y llenarlos de angustia. Mi disfraz se encarnó y sentí el peso de cada una de esas lagrimas que no soltaba sino en mi imaginación; de pronto me encontré tomando el espacio como propio, plantada con mi alma, entregándola para quienes escuchaban mi cuento triste. Y en los silencios volvía a ser yo, sonriendo de orgullo por la forma en que había logrado personificar al autor de la canción. Como nunca. Se borraron las preocupaciones, los planes, los asuntos en los que creía que iba a pensar una vez allí. Nada de eso existía. Nada de nada. Sólo yo, el micrófono, las luces y mi voz.