23 de enero de 2015

ataque de pánico

-Mia, tranquila. No pasa nada. Confiá en mí.
Tiende su mano, pretendiendo que confíe en ella. La chica se niega. Sus ojos se ven completamente aterrados. Se arrincona contra la esquina formada por la pared y el extremo de la cama. Sus ojos como platos, temen ser heridos. Todo es un viejo y vago recuerdo de aquellas veces que su alma fue torturada.
-No te alejes. No te va a pasar nada malo. Acercate...- su padrastro se acerca a ella lentamente, acechándola. La joven se ve en un riesgo inmenso. Su acto reflejo es retroceder, hasta que todas las cosas caen al suelo desde la mesa de luz.
La bola de cristal de copos de nieve se hace añicos. Sus adornos ruedan hasta esconderse bajo la cama. El velador cae y cuelga, sostenido por su cable. Ella se impregna a la pared. El hombre insiste con tomarla por los brazos, a lo que responde con un grito desesperado y los inicios de un llanto que suplica rescate. Él llega hasta ella para agarrarla y, de un tirón, acercarla hasta su cuerpo. La abraza con su falso cariño e intenta persuadirla con su beso en la cabeza.
Pero no es tonta. Sabe bien el infierno que está a punto de matarla una vez más. Se prepara unos segundos... Su respiración se acelera, en suspenso. Tres, dos, uno... una pequeña distracción y escapa bruscamente, corriendo hacia la puerta de la habitación. su fuerte y hábil padrastro es rápido. No pierde tiempo, y en un santiamén, la tiene en brazos otra vez, presa de su condena.
De repente, el mundo se vuelve acuoso, nebuloso. Una tibia sensación de mareo la envuelve y la lanza a la debilidad. En medio del trastorno, una pesadilla la convence de haberla capturado mientras estaba desprevenida. Ahora no hay escapatoria. Revolea cada una de sus extremidades heladas, intentando ser liberada.
No obstante, sabe bien cómo continuará su largo silencio. Sufrirá, obligada a callar, todas las obscenidades que su padrastro tenga el antojo de saciar con ella.

Su hermano sigue sosteniéndola en brazos, dispuesto a mantener la misma posición durante horas si es necesario. En la neblina del encierro, entre chillidos en los que pide ser devuelta a su cuerpo, Mia puede oír cómo se mezclan sus mundos en medio de la hiperventilación.
-Tiene todos los síntomas de un ataque de pánico. Lo más probable es que se trate de algún trauma de su infancia, puesto que descarto que alguien como ella se esté entregando al consumo de drogas que podrían producir un efecto como éste...

Así golpea los muros que la rodean, sin dejarle movilidad para correr lejos, donde el silencio no la hará una esclava infante.