13 de agosto de 2015
Perdimos.
Es como una montaña que lentamente se degrada, hasta llegar a ser planicie. Basta lo mínimo cuando ya nada vale todo lo que antes sí. Los sacrificios que uno sentía desde el alma que valía la pena hacer, ya no nacen más. Son forzados o quizás ni siquiera son. Dejan de existir, de repente, esas sensaciones de ansiedad por tener al lado a la persona que antes te erizaba la piel. Y ahora... ahora es un pequeño detalle, una costumbre que tal vez cueste abandonar sólo los primeros días. A veces, simpatizamos con la idea de aferrarnos a todo lo demás, y distanciarnos para siempre, porque ya no vemos el sentido. ¿Dónde está esa magia que creíamos eterna? ¿Cómo fue que encajaron durante tanto tiempo dos piezas tan disparejas? ¿O se trata de una metamorfosis que no pudimos notar, ni detener? ¿Qué debemos hacer si nos seguimos engañando, sabiendo cada uno en su interior que nada está bien? ¿Cómo escapar de ésto teniendo en medio la obligación de permanecer así un poco más?
Vos con tu idea de esconderte más de doscientos días, por un lado, para seguir creciendo conmigo. Por el otro, para poder despejar tu mente y olvidar en caso de que todo acabe. Yo igual, rellenando los recovecos de distracciones, para calmar el vacío de tu ausencia, para ahuyentar la idea de llorar el final de mi adolescencia lejos de vos.
Quisiera resolverlo. Quisiera poder conversar. La experiencia de conocerte me enseñó que con vos esa posibilidad no está. El silencio no ayuda en nada. Sólo me susurra al oído una y otra vez que no tengo que quemar mis manos por vos, que debo correr en la dirección contraria antes de hundirnos juntos. Que fingir ocultando un descontento mutuo sólo lo empeora todo.
Perdimos el juego de la eternidad.
