Llevamos una mujer dentro de cada una de nosotras, oculta e imperceptible. Ausente en la mayoría de los casos cuando se trata de personas muy jóvenes.
La adolescencia es la etapa de transición, un puente hacia el surgimiento de nuestra infiltrada interna. No obstante, hay tantos sucesos sorpresivos que pueden presionarnos... Son incontables los casos en los que predomina el embarazo.
Embarazo adolescente.
Es un hecho completamente desorientador. La brújula que nos indicaba el milimétrico plan de vida que llevábamos cargando durante años derrumba todo lo imaginado con su desaparición. Y entonces sucede. La nena caprichosa está entre la espada y la pared. Al caer en la realidad, automáticamente una da un giro rotundo, un cambio en todo su ser que nadie puede notar más que ella. De pronto, la jovencita se mira al espejo y no entiende quién es, porque en la realidad que solía pretender no encaja tal novedad. Sin embargo, lo hará a la fuerza. Es así como aflora la mujer.
Nace con toda suavidad, lista para dar todo de sí. No se trata de otra cosa que la mera adaptación de nuestras mentes y cuerpos al nuevo sistema. Y qué complicado. Pero que instintivo.
La mujer es puro instinto. Es un animal que cuida de sus crías en la escena del crimen.
De todas maneras, uno se plantea esta secuencia en sólo tres segundos en la cabeza, y se aterra de sólo pensarlo. Es mejor evitarlo. Aún cuando no se sabe lo que se sentirá.
Todo es pura suposición.