Cada fragmento del mundo es inspiración. Detrás de cualquier trozo del día a día, hay siempre una historia por contar. Yo no lo decido, simplemente sucede. En mi mente las palabras brotan como si fueran burbujas en el agua hirviendo. La inspiración es casi la misma llama viva que lo enciende todo, que se expande y provoca inestabilidad, movimiento imparable, imposible de evitar. Y entonces, ¡bum! Estalla la ebullición, y así también las palabras. Se vuelcan con fluidez, no importa dónde, si quedan encerradas en mi cabeza, saltando por todas partes, en un teclado fugazmente recorrido, o en un papel trazado por la tinta, lo clásico. Lo importante es que nadie lo entiende más que el escritor, que guarda el secreto del éxtasis que otro no sintió.
Escribo porque me nace, porque automáticamente a cada segundo creo sin parar ficciones y las aparto en un mundo al que nadie puede acceder excepto yo. Escribo porque, de no hacerlo, moriría.