10 de agosto de 2016

Lo fuiste todo.

Al principio, recortábamos pedazos de cielo opaco para reservarnos el brillo de algunas estrellas que enfrentábamos recostados sobre el suelo del patio. Mientras tanto, la casa en silencio a nuestro alrededor. Tu mente brillaba con los puntos en la cúpula azul. Eras un diamante que me moría por descubrir. Y la mejor parte era cómo bailaba con vos la mía, cómo tu corazón sintonizaba con el ritmo del mío. Y las pieles erizadas, y vos siendo mi otra mitad. Palpitábamos un aire cálido que no queríamos dejar de compartir. Separarnos un par de horas era gris; acostarme con tu sonrisa como imagen al cerrar los ojos me hacía dormir. Quería compartirlo todo con vos porque jamás nos faltaría tema de conversación, porque entendías lo que yo misma no entendía de mí.

¿Cuándo terminó todo eso? No me di cuenta. Reemplazamos la profundidad de nuestras charlas con discusiones sin sentido, y dejamos de hurgar en el alma del otro.
Nos desconocimos.

Perdimos el juego...