
Ella tomó mi mano, dándome apoyo por mis exagerados nervios, y caminó hacia aquel gran grupo de personas que formaban un círculo junto a él. En él sólo había un chico al que mi amiga conocía, y fue la única que excusa que necesitamos para acercarnos. Saludamos lentamente a cada uno de ellos, llegando finalmente a él. Noté que se tensaba al ver que un par de desconocidas lo saludaban.
Genial. Era como yo, tímido y difícil de hacer amigos.
Mi amiga intentó entablar una conversación en la que él ni siquiera aportó comentario. Era una meta no lograda. Sentí un fuerte golpe inexistente en mi estómago, que junto a él, trajo un temblor exagerado a mis piernas. Estaba demasiado nerviosa. Él era sólo un chico...
...pero uno hermoso y especial.
Fijé mis ojos en algo lejano, también excluyéndome de la ronda de charla que se había formado. No podía concentrarme con él frente a mí. Simplemente no podía. No podía permitirme mirarlo siquiera una vez, porque entonces todo terminaría. Él sabría lo mucho que de pronto me gustaba.
Me sorprendí muchísimo cuando noté por el rabillo del ojo -mi especialidad- que me había mirado.
No quería ilusionarme por esa estupidez. Odiaba que eso me sucediera. Siempre me hacía falsas ilusiones. Grandes y tontas. Esta vez no iba a pasar de nuevo. Ya no quería sufrir con esos propósitos. Le di mil vueltas a las posibilidades, hasta que pensé en una muy coherente.
Tal vez, me había mirado así porque me reconoció. Sí, ya nos conocíamos. Pero él no sabía que era yo. Había pasado ya un largo tiempo. Eso debió ser. Me vio demasiado cerca y reconoció mi rostro.
Eso cobró sentido... aunque admito que en alguna porción de mi mente, se esconde la sospecha y esperanza de que a él le hubiese interesado algo acerca de mí. Y aunque eso no fuese cierto, nada podría arrancar esa esperanza de mí.
Absolutamente nada.