18 de enero de 2015

Del color del mar.

Meneé el último charquito de gaseosa en la botella de vidrio. Las últimas gotas. Ya no burbujeaban, la efervescencia se había ido hacía varios minutos, igual que las últimas pizcas de terror que habían perturbado a mis decisiones.
Desde la madrugada me había puesto la mochila al hombro y había caminado durante un largo tiempo en dirección a los bosques que rodeaban el pueblo costero en el que había pasado toda mi infancia y adolescencia. Ahora ya no quedaban rastros de ellas, en su lugar, los traumas que las habían tambaleado, aún cuando debían haber grabado hermosos recuerdos. La realidad era que sólo tenía guardados en mi memoria los tortuosos ruidos que mis oídos habían sufrido al escuchar. Sonidos que no debería haber percibido jamás.
Después de pisar los primeros trozos de piñones caídos de los altos pinos que conformaban la arboleda, me había ocultado en lo más profundo de ella. El primer punto era no ser encontrada ni visualizada con facilidad. Había logrado mi objetivo. Si bien estaba casi por completo a oscuras, la brisa que me contorneaba suavemente se sentía bien para ser la última, y además no sentía temor a nada que pudiese establecerse cerca de mí por la zona. Ya casi nada podía asustarme.
Momentos después de haber permanecido recostada en la tierra seca, había sentido chocar las olas del mar entre sí hasta romperse en una salada espuma que bañaría la orilla. Era una melodía que extasiaba. No lo dudé: me puse de pie y corrí guiada únicamente por el ruido de las aguas de la playa, hasta encontrarme en los médanos que cortaban el bosque, separándolo de las extensas arenas doradas. Caminé a saltos cuesta abajo, y en las llanuras corrí hasta que mis pies se congelaron con el frío del agua. Me senté en el lugar sin importarme la humedad que se impregnaría en mi cuerpo y esperé al amanecer. Observé los colores, cómo bailaban para unirse en uno solo, cómo se formaba un degradé a medida que avanzaba el tiempo. Perdí la noción del mismo sentada en la misma posición. La luz natural iluminó el cielo de luz lentamente. Levanté la vista y encontré la grisácea mañana poblada de nubes a punto de estallar que aguardaba ver. Pronto la tormenta se iba a desatar.
Supe que faltaban unos pocos minutos para la lluvia, puesto que una suave garúa me avisaba antes de tiempo. Me dirigí con decisión de vuelta al bosque, donde fácilmente reconocería las coordenadas donde había abandonado mis pertenencias. Sabía que cada paso que daba hacia ellas me aproximaba al final, carecía de un poco de coraje, nada más.
Llegué a destino y pareció planificado el desenlace de un fuerte diluvio. Mientras las densas gotas me empapaban una a una con rapidez, permanecí sentada en lo que ya se había transformado en barro, tomando de a sorbos la gaseosa que había traído en la mochila.
En fin, comenzaron a oírse los relámpagos y supe que era tiempo. Acá fue donde empezamos el relato. Últimas gotas de la coca-cola que tenía entre mis manos. Supe que los rayos del cielo se tomarían su tiempo, y los imité para iniciar dándome explicaciones del porqué de mi decisión.
Simplemente yo me odiaba. Mi vida se había vuelto imposible de sobrellevar. Eran demasiadas las cosas que me habían arrastrado al final. Mi autoestima destrozada, mi corazón hecho pedazos y todos los malos recuerdos que jamás debería haber tenido dentro de mi cabeza. Si tan solo alguien me hubiese visto. Si mamá hubiese estado para cuidar de mí, si nadie me hubiese olvidado. Tal vez, sólo tal vez, si no me hubiese convertido en invisible, no habría tenido la necesidad de enfermar a mi cabeza para llamar la atención de las personas que me ignoraban. Quizás aún no crecía, quizás todavía guardaba demasiado rencor para todos aquellos que no me habían dedicado parte de sus vidas para evitar que quisiera terminar con el sufrimiento que jamás merecí.
Basta. Había perdido el interés de hablar conmigo misma. Como siempre. <<Te odio>>, me dije con asco, antes de abrir con desesperación mi reducido equipaje, arrojando con la mano restante la botella a donde fuese, y tomando el revólver que le había robado a papá. <<Es tan tarde ya...>> pensé, imaginando los lamentos del policía que no había sido prudente para decidir tener hijos y, por sobre todo, intentar que fueran al menos un poco felices. <<No hay dos sin tres. Definitivamente no tuve suerte>>.
En un segundo fugaz, el sonido de los relámpagos explotó con un flash similar al fotográfico. Duró lo suficiente para apretar el gatillo del arma que ya apuntaba a mi sien derecha. Mi mano no temblaba en lo absoluto.

Pero, por arte del destino, un gran golpe repentino en la cabeza me dejó inconsciente. Desarmó mis planes cuando mi vista se ennegreció.

Y, mientras maldecía en sueños, sin darme cuenta me desperté, oyendo las súplicas de una dulce voz masculina, que me ofrecía sus delicados ojos preocupados cuando abrí los míos. Sin duda renací al encontrar en ellos el tono de la gama de azules del mar.