26 de septiembre de 2015

El motor inmóvil

Desde que mido menos de un metro, mamá me contaba la historia de Jesús, me llevaba a la iglesia y me enseñaba a rezar. Siempre me dijo que Dios estaba para escucharme si quería algo. Solía pedirle millones de tonterías, y cuando veía que no se cumplían, no me adentraba en la duda de su existencia. Era demasiado chica. 
Nunca me olvido del librito que leí durante toda mi infancia: era la narración del embarazo imposible de la Virgen María hasta el nacimiento del Mesías. Las palabras e imágenes se combinaban para hacerle creer a los nenes y nenas, como en su momento lo era yo, que existía la magia, lo imposible. No es difícil imaginar cuál fue mi mentalidad al crecer. Nunca dejé de ser ingenua, nunca pude reconocer la maldad en el mundo, e incluso ahora me sorprendo del egoísmo cotidiano. Y no podía ser de otra manera. Me criaron como si todo fuese un cuento de hadas. Por eso sufro tanto por estupideces. 
En fin. No niego que exista algo. Pero cuando llega Navidad, si visito la iglesia es por costumbre, por respeto a la idea sagrada que tiene mi mamá. Nada más que eso. Nada es lógicamente probable si lo pensamos como en la Biblia. No tiene sentido. Aunque, debería aclarar otra vez, no digo que no haya un Dios. Simplemente, para mí, Dios no es el origen de nuestra personificación, no somos una copia de su aspecto. Por empezar, dudo que tengo un "aspecto". Si está en alguna parte, no debe ser un ser como el que imaginamos. Pero sin dudas hay algo más. No somos sólo esto, y nada es porque sí. Jamás voy a dejar de decirlo: todo tiene una razón de ser. A eso, agrego que algo mueve y encadena ordenadamente a las causas y consecuencias mutuas de cada hecho. 
Digamos que tiendo más a seguir a la Filosofía de Aristóteles y su teoría del "motor inmóvil", meramente como algo funcional. Nada relacionado con el amor paternal del cerebro humano.