Harta. Así estoy. Cansada de ser un cero a la izquierda. De caminar mirándome los pies. De llorar a escondidas. De no saber de dónde sacar motivación para emprender las cosas que tengo que hacer.
Me siento perdida. Más allá de la confusión que me agobia cuando pienso en que sólo faltan unos meses para que mi vida gire rotundamente. Los cambios me parten al medio, aunque sean para bien. Después de todo, uno no se puede estancar para siempre en un tiempo determinado. Pero eso no quiere decir que sienta que sirve de algo cambiar. Si cada vez que lo hice me fue mal. Que conste que nunca lo quise así.
Quisiera recibir un mensaje de alguien preguntándome si estoy bien, o proponiendo algo para hacer que me haga sentir incluida o apreciada. Lo que recibo es un pedido de algo, porque saben que ahí estoy si me necesitan. Porque saben que estoy tan sola que no me conviene negarme a ayudar. Tampoco es que quiera decirle que no a las personas de egoísta. Simplemente me siento idiota cada vez que doy una mano a alguien que jamás haría lo más mínimo por mí.
Eso, nada más.
Hace mucho tiempo que no tengo una amiga. Pasaron siglos desde la última vez que sentí esa sensación de que pensamos lo mismo y en el mismo momento, esa cosa tan linda que te hace reír cuando te sentís conectada con alguien, y mientras más pasan tiempo juntas, más se conocen, y así se van familiarizando hasta que se vuelven personas inolvidables entre sí.
No sé qué me pasa. Ya no creo en mí. No me siento capaz de superar los obstáculos que se me presenten en el camino. Me duele en el alma saber que me agarro de donde puedo para no sentirme más así. No cualquiera puede ser un amigo, sin embargo cualquier persona que se interese por mí me hace bien. Nadie me ve. Nadie cree en mí. No los culpo... yo tampoco.
A veces, cuando es un día primaveral y puedo andar en ropa de esa temporada, me roza la piel esa brisa que suele mover las hojas de los árboles en septiembre, y cuando cierro los ojos, me transporto a esos ratos que pasaba con el corazón completamente sano; llena de energía, sonriendo, me colmaba de potencia para vivir cada tarde como la última. Podía cantar, gritar y correr sin que me importara si a alguien le molestaba o por qué. Y entonces podía admitir que era feliz.
Todo eso era un conjunto de emociones que me empujaba a sociabilizar, a sentir que soy parte de un grupo. Hace mucho que no me abro para que alguien intente acompañarme, Es que me lastimaron, y mucho. Ahora tengo miedo, y me cerré quién sabe por cuánto tiempo. Quizás sea para siempre.
Estoy fuera de lugar.